Un hombre capaz de entender a Buda, un hombre que tiene conocimiento de los cielos y abismos de la naturaleza humana, no debería vivir en un mundo donde el sentido común, la democracia y la educación burguesa dominan. Por mera cobardía sigue habitando en él, y cuando lo afligen sus dimensiones, cuando la estrecha celda de burgués le parece demasiado estrecha, entonces se lo apunta a la cuenta de "lobo" y no quiere darse cuenta que en ocasiones el lobo es su mejor parte. A todo lo fiero dentro de él lo nombra lobo y lo tiene en mal concepto, por peligroso, por terror de los burgueses; pero él, que cree ser un artista y poseer sentidos finos, no es capaz de ver que fuera del lobo, detrás del lobo, existen muchas otras cosas dentro; que no todo lo que muerde es lobo; que viven además zorro, dragón, tigre, mono y ave del paraíso. Y que todo este mundo, este edén de miles de seres, aterradores y hermosos, grandes y chicos, fuertes y delicados, es ahogado y formulado por el mito del lobo, al igual que el verdadero hombre que converge en él es ahogado y prisionero por la apariencia del hombre, por el burgués.
El Lobo Estepario, Hermann Hesse, 1927
viernes, 27 de septiembre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
El Inconformismo
-¿De qué estáis hablando? -preguntó Lord Henry, acercándose a la mesa y dejando la taza-. Confío en que Dorian te haya hablado de mi plan para rebautizarlo todo, Gladys. Es una idea deliciosa.
-Pero yo no quiero cambiar de nombre, Harry -replicó la duquesa, obsequiándole con una maravillosa mirada de reproche-. Me gusta mucho el que tengo, y estoy seguro de que al señor Gray también le satisface el suyo.
-Mi querida Gladys, no os cambiaría el nombre por nada del mundo a ninguno de los dos. Ambos son perfectos. Pensaba sobretodo en las flores. Ayer corté una orquídea para ponérmela en el ojal. Era una pequeña maravilla jaspeada, tan eficaz como los siete pecados capitales. En un momento de inconsciencia le pregunté a uno de los jardineros cómo se llamaba. Me dijo que era un hermoso ejemplar de Robinsoniana o algún otro espanto parecido. Es una triste verdad, pero hemos perdido la capacidad de poner nombres agradables a las cosas. Los nombres lo son todo. Nunca me quejo de las acciones, sólo de las palabras. Ése es el motivo de que aborrezca el realismo vulgar en literatura. A la persona capaz de llamar "pala" a una pala se la debería forzar a usarla. Es la única cosa para la que sirve.
-Y a ti, Harry, ¿cómo deberíamos llamarte? -preguntó la duquesa.
-Se llama Príncipe Paradoja -dijo Dorian.
-¡No cabe duda de que es él! -exclamó la duquesa.
-De ninguna de las maneras -rió Lord Henry, dejándose caer en una silla-. ¡No hay forma de escapar a una etiqueta! Rechazo ese título.
-La realeza no debe abdicar -fue la advertencia que lanzaron unos hermosos labios.
-¿Deseas, entonces, que defienda mi trono?
-Sí.
-Ofrezco las verdades de mañana.
-Prefiero las equivocaciones de hoy -respondió ella.
-Me desarmas, Gladys -exclamó Lord Henry, advirtiendo lo obstinado de su actitud.
-De tu escudo, pero no de tu lanza.
-Nunca arremeto contra la belleza -dijo él, haciendo un gesto de sumisión con la mano.
-Ése es tu error, Harry, créeme. Valoras demasiado la belleza.
-¿Cómo puedes decir eso? Reconozco que, en mi opinión, es mejor ser hermoso que bueno. Pero, por otra parte, nadie está más dispuesto que yo a admitir que es mejor ser bueno que feo.
-En ese caso, ¿la fealdad es uno de los siete pecados capitales? -exclamó la duquesa-. ¿Y qué sucede con tu metáfora sobre la orquídea?
-La fealdad es una de las siete virtudes capitales, Gladys. Tú, como buena tory, no debes subestimarlas. La cerveza, la Biblia y las siete virtudes capitales han hecho de nuestra Inglaterra lo que es.
-¿Quiere decir eso que no te gusta tu país? -preguntó la duquesa.
-Vivo en él.
-Para poder censurarlo mejor.
-¿Prefieres que acepte el veredicto de Europa? -quiso saber Lord Henry.
-¿Qué dicen de nosotros?
-Que Tartufo a emigrado a Inglaterra y ha abierto una tienda.
-¿Es eso de tu cosecha, Harry?
-Te lo regalo.
-No podría utilizarlo. Es demasiado cierto.
-No tienes por qué asustarte. Nuestros compatriotas nunca reconocen una descripción.
-Son gente práctica.
-Son más astutos que prácticos. A la hora de la contabilidad, compensan estupidez con riqueza y vicio con hipocresía.
-Hemos hecho grandes cosas, de todos modos.
-Grandes cosas se nos han venido encima, Gladys.
-Hemos cargado con su peso.
-Sólo hasta el edificio de la Bolsa.
La duquesa movió la cabeza.
-Creo en la raza -exclamó.
-La raza representa el triunfo de los arribistas.
-Eso significa progreso.
-La decadencia me fascina más.
-¿Y dónde dejas el arte? -preguntó ella.
-Es una enfermedad.
-¿El amor?
-Una ilusión.
-¿La religión?
-El sucedáneo elegante de la fe.
-Eres un escéptico.
-¡Jamás! El escepticismo es el comienzo de la fe.
-¿Qué eres entonces?
-Definir es limitar.
-Dame una pista.
-Los hilos se rompen. Te perderías en el laberinto.
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde, 1890
-Pero yo no quiero cambiar de nombre, Harry -replicó la duquesa, obsequiándole con una maravillosa mirada de reproche-. Me gusta mucho el que tengo, y estoy seguro de que al señor Gray también le satisface el suyo.
-Mi querida Gladys, no os cambiaría el nombre por nada del mundo a ninguno de los dos. Ambos son perfectos. Pensaba sobretodo en las flores. Ayer corté una orquídea para ponérmela en el ojal. Era una pequeña maravilla jaspeada, tan eficaz como los siete pecados capitales. En un momento de inconsciencia le pregunté a uno de los jardineros cómo se llamaba. Me dijo que era un hermoso ejemplar de Robinsoniana o algún otro espanto parecido. Es una triste verdad, pero hemos perdido la capacidad de poner nombres agradables a las cosas. Los nombres lo son todo. Nunca me quejo de las acciones, sólo de las palabras. Ése es el motivo de que aborrezca el realismo vulgar en literatura. A la persona capaz de llamar "pala" a una pala se la debería forzar a usarla. Es la única cosa para la que sirve.
-Y a ti, Harry, ¿cómo deberíamos llamarte? -preguntó la duquesa.
-Se llama Príncipe Paradoja -dijo Dorian.
-¡No cabe duda de que es él! -exclamó la duquesa.
-De ninguna de las maneras -rió Lord Henry, dejándose caer en una silla-. ¡No hay forma de escapar a una etiqueta! Rechazo ese título.
-La realeza no debe abdicar -fue la advertencia que lanzaron unos hermosos labios.
-¿Deseas, entonces, que defienda mi trono?
-Sí.
-Ofrezco las verdades de mañana.
-Prefiero las equivocaciones de hoy -respondió ella.
-Me desarmas, Gladys -exclamó Lord Henry, advirtiendo lo obstinado de su actitud.
-De tu escudo, pero no de tu lanza.
-Nunca arremeto contra la belleza -dijo él, haciendo un gesto de sumisión con la mano.
-Ése es tu error, Harry, créeme. Valoras demasiado la belleza.
-¿Cómo puedes decir eso? Reconozco que, en mi opinión, es mejor ser hermoso que bueno. Pero, por otra parte, nadie está más dispuesto que yo a admitir que es mejor ser bueno que feo.
-En ese caso, ¿la fealdad es uno de los siete pecados capitales? -exclamó la duquesa-. ¿Y qué sucede con tu metáfora sobre la orquídea?
-La fealdad es una de las siete virtudes capitales, Gladys. Tú, como buena tory, no debes subestimarlas. La cerveza, la Biblia y las siete virtudes capitales han hecho de nuestra Inglaterra lo que es.
-¿Quiere decir eso que no te gusta tu país? -preguntó la duquesa.
-Vivo en él.
-Para poder censurarlo mejor.
-¿Prefieres que acepte el veredicto de Europa? -quiso saber Lord Henry.
-¿Qué dicen de nosotros?
-Que Tartufo a emigrado a Inglaterra y ha abierto una tienda.
-¿Es eso de tu cosecha, Harry?
-Te lo regalo.
-No podría utilizarlo. Es demasiado cierto.
-No tienes por qué asustarte. Nuestros compatriotas nunca reconocen una descripción.
-Son gente práctica.
-Son más astutos que prácticos. A la hora de la contabilidad, compensan estupidez con riqueza y vicio con hipocresía.
-Hemos hecho grandes cosas, de todos modos.
-Grandes cosas se nos han venido encima, Gladys.
-Hemos cargado con su peso.
-Sólo hasta el edificio de la Bolsa.
La duquesa movió la cabeza.
-Creo en la raza -exclamó.
-La raza representa el triunfo de los arribistas.
-Eso significa progreso.
-La decadencia me fascina más.
-¿Y dónde dejas el arte? -preguntó ella.
-Es una enfermedad.
-¿El amor?
-Una ilusión.
-¿La religión?
-El sucedáneo elegante de la fe.
-Eres un escéptico.
-¡Jamás! El escepticismo es el comienzo de la fe.
-¿Qué eres entonces?
-Definir es limitar.
-Dame una pista.
-Los hilos se rompen. Te perderías en el laberinto.
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde, 1890
martes, 27 de agosto de 2013
El Sentimiento Romántico
-¿Recuerda el sombrero que me puse para la fiesta al aire libre de lady Hilstone? Claro que no, pero es usted muy amable fingiendo lo contrario. Bien: me lo hizo ella de nada. Todos los buenos sombreros están hechos de nada.
-Como todas las buenas reputaciones, Gladys -le interrumpió Lord Henry-. Cada efecto que uno produce le crea un enemigo. Para conseguir la popularidad, hay que ser mediocre.
-No en el caso de las mujeres -dijo la duquesa agitando la cabeza-; y las mujeres gobiernan el mundo. Te aseguro que no soportan a los mediocres. Nosotras las mujeres, como dice alguien, amamos con los oídos, igual que vosotros los hombres amáis con los ojos, si es que amáis alguna vez.
-Yo diría que apenas hacemos otra cosa -murmuró Dorian.
-En ese caso, señor Gray, usted nunca ama de verdad -dijo la duquesa con fingida tristeza.
-¡Mi querida Gladys! -exclamó Lord Henry-. ¿Cómo puedes decir eso? El sentimiento romántico se alimenta de la repetición, y la repetición convierte un apetito en arte. Además, cada vez que se ama es la única vez que se ha amado nunca. La diversidad del objeto no altera la unicidad de la pasión. Tan sólo la intensifica. En el mejor de los casos, sólo podemos tener una experiencia en la vida, y el secreto es reproducirla con la mayor frecuencia posible.
-¿Incluso cuando se ha quedado herido por ella, Harry? -preguntó la duquesa después de una pausa.
-Sobretodo cuando uno ha quedado herido -respondió Lord Henry.
La duquesa se volvió a mirar a Dorian Gray con una curiosa expresión en los ojos.
-¿Qué dice usted a eso, señor Gray? -quiso saber. Dorian vaciló un momento. Luego echó la cabeza hacia atrás y rió.
-Siempre estoy de acuerdo con Harry, duquesa.
-Y, ¿le hace feliz su filosofía?
-La felicidad no ha sido nunca mi objetivo. ¿Quién quiere felicidad? Siempre he buscado el placer.
-¿Y lo ha encontrado, señor Gray?
-Con frecuencia. Con demasiada frecuencia.
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde, 1890
miércoles, 9 de enero de 2013
lunes, 17 de septiembre de 2012
La Pasión (I)
-¿De dónde has
venido? –le preguntó ella–. ¿Eres soldado o músico, o nada más que un pobre
vagabundo?
-Soy lo que tú
quieras –respondió riéndose ligeramente–; te pertenezco por entero. Si te
parece, seré un músico y tú mi dulce laúd, y al poner en tu cuello mis dedos y
tocarte, oiremos cantar a los ángeles.
Delicadamente le
retiró del cuello la blanca piel y lo desvistió. Los amantes se olvidaron de
todo, de los cortesanos y curas que allá afuera conferenciaban, de los criados
que caminaban silenciosos, de la delgada y corva media luna que se sumergía por
entero tras de los árboles. Para ellos florecía el paraíso; mutuamente atraídos
y entrelazados se perdieron en su noche aromada, vieron alborear los blancos
misterios de sus flores, cogieron con manos delicadas y agradecidas sus frutos
anhelados. Jamás había el músico tañido un laúd bajo unos dedos tan seguros y
tan diestros.
-Goldmundo –le susurró
apasionada en el oído–. ¡Ah, mago prodigioso! De ti, mi dulce pez de oro,
quisiera tener un hijo. Y más aún, morir a tu lado. Bébeme, amado, derríteme.
¡Mátame haciéndome el amor, porque así es como quiero morir!
De lo hondo de
la garganta de Goldmundo brotó un rumor de dicha al advertir que la dureza de
los fríos ojos de la mujer se fundía y debilitaba. En lo hondo de sus ojos se
traslucía el estremecimiento, como un leve temblor y morir, declinante como el
reflejo plateado en la piel de un pez moribundo, de oro mate como el centelleo
de aquellos resplandores mágicos en las profundidades del río. Toda la dicha
que el hombre podía gozar parecía haberse condensado en él en aquel momento.
Narciso
y Goldmundo, Hermann Hesse, 1930
El Hogar
Por primera vez
sentíase Goldmundo, no solamente deseado, sino también amado por una mujer.
Lidia le dijo un
día:
-Tú
eres muy gallardo y tienes un aire alegre. Pero, en el fondo de tus ojos no hay
alegría, sino pura tristeza; como si tus ojos supieran que no existe la dicha y
que todo lo bello y amado es efímero. Tienes los más hermosos ojos que puede
haber, y también los más tristes. Creo que ello se debe a que eres un hombre
sin hogar. Viniste a mi de los bosques y un día volverás a partir, y dormirás
de nuevo en el musgo y reanudarás tu vida errante... Pero, ¿dónde está mi
hogar? Cuando te vayas, seguiré teniendo un padre y una hermana, un aposento y
una ventana donde pueda sentarme a pensar en ti; pero hogar ya no tendré, pues
el hogar lo tenemos donde reposa nuestro corazón.Narciso y Goldmundo, Hermann Hesse, 1930
martes, 28 de agosto de 2012
El Amor No Correspondido
No podía decir nada, todo era muy difícil, todo estaba lleno de peligros; había que cuidar especialmente las miradas, su mirada, que se posaba en ella, auscultadora y gozadora. Ah, en cada día, en cada hora podía descubrirse el secreto de su amor, y su penosa, angustiosa felicidad tener un término, quizá terrible.
Era ingrato vivir como él vivía: amado pero sin esperanza ni de ser correspondido, ni de una dicha lícita y duradera, ni de las sencillas expansiones a que sus amorosos deseos estaban acostumbrados hasta entonces; con los instintos siempre excitados y hambrientos, nunca saciados, y además en permanente peligro. Y, sin embargo, lo hacía y lo sufría, lo sufría de buen grado y, en el fondo, se sentía feliz sólo por tenerla cerca, por sentir su presencia.
Era necio y arduo, complicado y trabajoso, amar de esa manera, pero era maravilloso. Era maravillosa la tristeza oscuramente bella de aquel amor, su locura y su desesperanza; eran hermosas aquellas noches sin sueño llenas de cavilaciones y de temores del corazón; aquellos llantos en soledad; era hermoso y exquisito todo aquello.
En pocas semanas, aquel gesto de amargura por el amor no correspondido había nacido y se había asentado en su joven rostro; y sentía que él mismo se había convertido en otro individuo, mucho más viejo, no más inteligente, pero sí más experimentado; no más feliz, pero sí de alma más madura y más rica por aquel desamor. Había dejado de ser un muchacho.
Narciso y Goldmundo, Hermann Hesse, 1930
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